Abducidos por el ojo que todo lo ve, transitamos en nuestra vida digital por caminos extremos. O nos entregamos a la hiperconexión y no levantamos la vista de la pantalla, o andamos a tientas, perdidos, con la única urgencia de no dejar huella, de no dejar rastro. Se nos olvida así que, en cuanto que obligados, por mandato misionero, a ir por el mundo y anunciar la Buena Noticia, no estamos llamados a ser cenizos, ni profetas de calamidades, ni timoratos siervos que solo saben enterrar el talento que el Señor nos dio, con el afán de no arriesgarlo para no perderlo. Nuestra vocación es la de ser alegres mensajeros de la verdad, también a la hora de echar las redes en las redes.
Este pasado sábado me subí al Cerro de los Ángeles para enredar con los jóvenes de la diócesis de Getafe, en una jornada de formación sobre redes sociales. Una gozada compartir mesa, mantel y tablet con tanta gente de corazón inquieto. Tuvieron una visión prudente, una visión misionera y una visión positiva, que me tocó ponerles delante de la pantalla a primera hora de la mañana. Los tiempos han cambiado tanto que hoy la invitación más adecuada no es a ver la botella sino el móvil (y su batería) medio lleno o medio vacío. Es enorme el don y la tarea que tenemos por delante. Al navegar mar adentro, en el continente digital, descubrimos que esta singladura es arriesgada, pero que al mismo tiempo es propicia para el encuentro y, muy particularmente, para el primer anuncio. Dios nos da el don de la fe de una vez para siempre, pero nosotros tenemos la misión de renovarlo cada día, con prudencia y sentido misionero, también en los caminos digitales; insospechados territorios de misión. Dice Miguel García-Baró en su “Filosofía como sábado” que el último día de la creación no ha terminado nunca para Dios, que su paz y su descanso permanecen abiertos. Por eso nosotros, hiperconectados seres humanos, estamos llamados a reflejar esa paz y ese descanso de Dios en nuestra vida, marcando con el sello de la eternidad el tiempo del mundo. Guau. ¡Vaya reto! Nada menos que atrevernos a dejar ese sello, esa huella de eternidad, también en las redes. Es tan hermoso que no cabe en un hashtag.

Isidro Catela