La fatalidad quiso que pocos días después de publicar la última entrada en este blog (El Islam en el siglo XXI) los últimos atentados yihadistas en Europa nos golpearan de cerca. Lo de los ojos que no ven se extiende en un cruel ciclo informativo que anestesia los corazones. Nos tiene que golpear en Las Ramblas para sentir, con toda la hondura de la palabra, y que, en cierta manera, deje de ser invisible, aunque sea por unas horas, el terror que destroza a Siria o a Nigeria, por citar solo dos ejemplos. El artículo fue fatalidad y Providencia, porque en el estupendo libro-entrevista de Fernando de Haro que lo protagonizaba, se abordan cuestiones tan decisivas como lo que es (y lo que no es el Islam) o por qué no podemos hablar del Islam, sin más y en singular. Recomendaba la lectura para ese tiempo de vacaciones, antes de los atentados de Cataluña. Lo vuelvo a hacer ahora, no con más, sino con la misma intensidad. Necesitamos una cabeza bien amueblada que pilote adecuadamente un corazón que arda, que padezca y compadezca con el otro, que nos ayude a entender el signo de los tiempos, que parece todo un signo de interrogación.
Vuelvo a la carga ahora con el libro y con el testimonio: la vida entregada de un obispo y un imán en la República Centroafricana, los llamados “mellizos de Dios”, amigos para siempre que dan ejemplo, de palabra y de obra, del verdadero diálogo interreligioso. Recupero para que disfrutéis con calma este artículo de otra buena amiga y compañera del oficio de contar, Laura Daniele. Lo hacía así en ABC, a propósito de una visita de ambos a España el año pasado para recoger un premio a la Fraternidad, concedido por la Revista Mundo Negro. Es la historia de una amistad profunda entre un obispo y un iman, como lo es también esta otra (basada en una historia real y con personajes reales) que Amazon supo utilizar tan bien para vendernos su producto y que igualmente traje al blog en un artículo titulado “De rodillas”. Son historias de verdad, de las buenas, de las que no ignoran la prueba y el dolor; historias, en el fondo, martiriales, y por lo tanto semillero imprescindible para un futuro mejor.

Isidro Catela