En los últimos días las conversaciones sobre Charlie Hebdo van por el mismo lado y es difícil defender algo que me parece de sentido común: la libertad de expresión no significa poder decir cualquier barbaridad y ofender gratuitamente.

Evidentemente, que los caricaturistas de Charlie Hebdo hayan dibujado a Mahoma, y más aún en la forma en lo que han hecho, no justifica en modo alguno ningún tipo de acción violenta contra ellos. Porque el derecho a la vida está por encima de cualquier otro.

Tras los terribles asesinatos –hay imágenes que estremecen por su enorme maldad y despiadada frialdad-, se ha generado una ola de solidaridad con la revista francesa, fundamentalmente bajo el lema ‘Yo también soy Charlie Hebdo’.

Quiero pensar que muchas de las personas que estos días repiten y publican este lema lo hacen como forma de mostrar su solidaridad con las víctimas y para visibilizar su rechazo a la violencia, pero que no comparten que se ofenda gratuitamente las legítimas creencias de las personas.

Quiero pensar que piensan algo así como “no me gustan las caricaturas que han hecho, pero está claro que ninguna caricatura justifica un asesinato”.

Después de haber dejado clarísimo que lo primero es el derecho a la vida –¿hace falta que lo diga una vez más?—, creo que es importante remarcar que la libertad de expresión es un derecho fundamental que permite que cualquier persona puede reflejar lo que piensa y siente, pero sin que eso sea sinónimo de poder decir cualquier cosa.

Entonces… ¿dónde están los límites de la libertad de expresión? Pues están en aquello que atenta contra los derechos de los otros.

A saber: la intimidad, la imagen y el honor de las personas, aquellas expresiones que inciten al odio o supongan una apología de la violencia o atenten contra la libertad religiosa de las personas.

Como explicaba este jueves el Papa Francisco durante el viaje de vuelta de Filipinas, “no puedes jugar con la religión de los demás, no puedes insultar su fe o reírte de ella”.

¿Quiere esto decir que uno no puede criticar una determinada religión o una seria de prácticas religiosas? No, lo que quiere decir es que uno no puede ofender y provocar gratuitamente a los demás, burlándose o mofándose de sus legítimas creencias o sentimientos religiosos.

Y un último apunte: la libertad religiosa no solo ampara a las religiones, también a los ateos, pues preserva su derecho a ser respetados en su creencia de que Dios no existe.

No se trata, por tanto, de un privilegio o un trato de favor hacia las religiones, sino de un respeto hacia las legítimas creencias de todas las personas.

¿Caminaremos tras estos terribles hechos hacia un clima de mayor respeto entre las creencias de todos?