Todavía en tiempo de Pascua, con las lluvias desconcertantes de mayo sobre los cristales y los atascos de la gran ciudad, acabo de terminar la lectura de “Resucitar”, una joya de Christian Bobin, olvidado y poco traducido en España, pero, a mi juicio, uno de los grandes de la literatura francesa contemporánea.
Precisamente, con el sutil hilo conductor de un gran olvido (la enfermedad de Alzheimer de su padre), Bobin construye un ensayo cuajado de prosa poética, que nos despoja de toda la frivolidad que hemos ido incorporando a la tarea de vivir, y nos deja sobrios, esenciales, sin más, ante la naturaleza, ante las pequeñas cosas o ante el Misterio mayor.
Recién publicado por Ediciones Encuentro, y con buena traducción de Jesús Montiel, el propio traductor ya nos alerta en el prólogo de que estamos ante un libro que rezuma celebración, encantamiento y gratitud. No puede ser de otra manera cuando se trata de contar, con toda su verdad, la trascendencia que hay en cada cosa que vivimos, por insignificante que nos parezca.
Hay, a su manera, en “Resucitar” un relato hermoso del hecho extraordinario del que nos hablaba Morente. Hay, en sus páginas, ese aroma casi sagrado que se cuela en los cuentos de Jiménez Lozano. Hay comunicación sencilla y autenticidad, porque Bobin tiene el don de la sencillez tan paradójicamente compleja cuando se vive como Dios manda. Por eso, “Resucitar” es, sobre todo, celebración de la existencia. Mucho más que fiesta es festín, más que comida es banquete, jardín repleto de brotes verdes y yerbas que nacen entre el cemento, trufado de amaneceres anticipados que suceden a noches oscuras, lleno de esas noches que el autor encuentra también en lugares en los que la fe se estanca y oxida por vivirla como si de un funcionariado se tratara. Por eso, Bobin dice, crítico, que a menudo ha encontrado a Dios más y mejor en las lagunas, en la pureza de algunos libros, o incluso en los ateos, que en los que tienen por oficio hablar de Él. Es injusta, por falsa, la generalización, porque, bien se refiera a sacerdotes o a teólogos, por citar dos ejemplos que a todos se nos vienen a la cabeza, da la sensación de que Bobin no ha tenido la suerte todavía de encontrarse a un buen párroco o a un buen profesor de Teología , de charlar con él, junto a esas lagunas que cita, y de experimentar cómo el corazón arde a pesar de nuestros prejuicios cotidianos. De hecho Bobin reconoce que su soledad fecunda y su dificultad para un encuentro personal que vaya más allá de la apariencia, son, a un tiempo, su fuente de salud y su enfermedad. Bobin, escondido en el particular bosque en el que vive, es una suerte de poeta místico, no un experto en Teología fundamental. Y así hay que leerlo, y gozarlo. Porque lo que hay en sus renglones es, en definitiva, vida. Vida buena, vida fragmentada, vida eterna, de la que no cabe en un sepulcro, en una fe desencarnada, o en un telediario, valgan las redundancias.

Isidro Catela