Después de unos meses de silencio debido, simplemente, a falta de tiempo, me resulta muy grato reanudar estos pequeños posts, que no pretenden ser otra cosa que reflexiones en voz alta de una persona que asiste regularmente a Misa y que se preocupa por la buena comunicación del Evangelio.

Comienzo con una pregunta que me ha suscitado la Misa a la que he asistido este domingo 31 de mayo de 2015: ¿quién es el protagonista de la Misa? ¿El sacerdote, o Cristo? La respuesta es obvia (espero que todos lo veamos así). Por lo que la actitud correcta del cura parece que debería ser la indicada por san Juan Bautista, cuando dice que se eclipsa para dar lugar al Mesías.

Pues bien, hay sacerdotes que, seguramente con toda su buena voluntad, alteran la liturgia introduciendo largas peroratas de su propia cosecha en lugar de recitar las oraciones y proclamar los textos previstos. Esto, lejos de resultar atractivo, produce confusión y puede dificultar la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios.

En la Misa en la que he participado esta mañana el sacerdote ha sustituido el Credo por unas preguntas, a las que expresamente ha pedido que no respondiéramos, y que nos limitáramos a reflexionar en nuestro interior: ¿Crees en Dios Padre? ¿Quién es Dios Padre para ti? ¿Crees en Jesucristo? ¿Quién es Jesucristo para ti? ¿Crees en el Espíritu Santo? ¿Quién es el Espíritu Santo para ti? (aclarar la diferencia entre esto y la fórmula del Credo preguntada) El Ofertorio se lo ha saltado sustituyéndolo por una canción mientras recogía las ofrendas y la colecta delante del altar.

Y la plegaria eucarística se la ha inventado de principio a fin. Afortunadamente, la fórmula de la consagración la ha respetado y hemos podido comulgar. Eso sí, la Misa ha durado casi una hora. ¿Cómo es posible, si se ha saltado la mitad de la Liturgia? Pues porque ha sustituido las plegarias litúrgicas con aportaciones personales larguísimas, empalagosas y repetitivas.

Seguramente este sacerdote actúa así porque está convencido de que pastoralmente es mejor no seguir las indicaciones de la Iglesia sobre la celebración de la Eucaristía y convertirla en algo más creativo y espontáneo. A él, y a los que piensan como él, quisiera decirles que los fieles, cuando vamos a Misa, queremos celebrar la Eucaristía con toda la Iglesia, que por favor no se apropien de la Liturgia.

Y esto no es una manía mía. En 2004 la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos publicó la instrucción apostólica Redemptionis Sacramentum, en la que se describe con detalle cómo debe ser celebrada la Eucaristía con el fin de evitar los abusos que “contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento”, y que impiden que  los fieles puedan “revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron (n. 6).

“La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones” (RS n. 8). Si se dejara la Liturgia eucarística al arbitrio y creatividad de los celebrantes se correría el riesgo de banalizar y oscurecer la grandiosidad de la Eucaristía. Los fieles cristianos gozamos del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos (RS n. 12).

Afortunadamente, son mayoría los sacerdotes que viven un gran amor a la Santa Misa, expresado entre otras cosas en el respeto y la veneración hacia las disposiciones litúrgicas, con la mirada puesta en Dios como pedía Benedicto XVI en un discurso dirigido a los monjes cistercienses en 2007: “En toda forma de esmero por la liturgia, el criterio determinante debe ser siempre la mirada puesta en Dios. Estamos en presencia de Dios; él nos habla y nosotros le hablamos a él. Cuando, en las reflexiones sobre la liturgia, nos preguntamos cómo hacerla atrayente, interesante y hermosa, ya vamos por mal camino. O la liturgia es opus Dei, con Dios como sujeto específico, o no lo es. En este contexto os pido: celebrad la sagrada liturgia dirigiendo la mirada a Dios en la comunión de los santos, de la Iglesia viva de todos los lugares y de todos los tiempos, para que se transforme en expresión de la belleza y de la sublimidad del Dios amigo de los hombres”.

Maria Lacalle Noriega

Reflexiones desde un banco