La semana pasada escribía sobre lo que los laicos esperamos de los sacerdotes, y es de justicia que nos preguntemos ¿qué esperan los sacerdotes de nosotros?  Como no soy sacerdote no voy a responder a esta pregunta. Lo que voy a hacer es un poco de autocíritca, pues resulta fácil sentarse en el banco de la iglesia y quejarse de lo mal que predica tal cura o de lo antipático que es aquél párroco, pero conviene pararse a pensar: ¿cómo debe ser nuestra relación con los sacerdotes?

Con frecuencia olvidamos que un sacerdote es alguien que ha renunciado a todo para seguir a Cristo y para ayudarnos a todos a seguirle y a salvarnos. Y, por ello, sólo por ello, merecen nuestra gratitud.

Además, los sacerdotes hacen presente a Cristo entre los hombres. Por ello, sólo por ello, merecen todo nuestro respeto y reconocimiento.

Generalmente, tienen una carga de trabajo sobreabundante. Y,  a pesar de dedicar su vida a los demás las 24 horas del día, es triste constatar que muchas veces se encuentran muy solos, con poca ayuda, con muchas críticas, con escasos amigos de verdad.

Honestamente, creo que los católicos deberíamos valorar más a los sacerdotes, apoyarles en su misión, quererles, ofrecerles nuestra amistad. Y, sobre todo, rezar por ellos. Por eso, cada vez que te encuentres con un sacerdote pregúntate si estás rezando lo suficiente por él y si puedes hacer algo por hacerle la vida más fácil y agradable. 

María Lacalle Noriega