Esperamos que sean santos, que sean una auténtica referencia para todos nosotros, que sean coherentes con su condición de sacerdotes de Cristo y nos guíen, con su ejemplaridad y su testimonio, hacia la salvación. Y esto solo lo podrán conseguir si son hombres de oración constante y profunda. Decía san Juan Pablo II que un cristiano que no reza es como un hombre que no respira. No quiero ni pensar lo que puede ser un sacerdote que no reza… En los tiempos que corren un sacerdote encuentra muchas dificultades para no apartarse del camino, y sólo conseguirá mantenerse fiel a su vocación si es un hombre de oración.

Además, necesitamos que estén bien preparados para que nos aconsejen con rectitud, conforme al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia. Los conflictos morales a los que nos enfrentamos casi a diario son muchos y variados: problemas conyugales y familiares, bioéticos, económicos, sociales, etc. Y cuando nos acercamos a un sacerdote en busca de consejo esperamos que nos señale con fidelidad el camino de Cristo y de la Iglesia.

Por eso es tan importante que se formen bien, que conozcan a fondo el Magisterio y que no se plieguen al pensamiento dominante. Necesitamos que, desde una actitud de amor y misericordia, nos señalen el camino de la Verdad y nos ayuden a seguirlo. La senda que conduce a la verdadera felicidad es estrecha y a veces difícil, pero con la ayuda de la gracia la podemos recorrer y no valen los sucedáneos ni los mensajes descafeinados que parecen más fáciles pero que no nos conducen a Cristo.

Necesitamos que los sacerdotes sean cercanos, que nos acojan con cariño, que podamos encontrar en ellos verdaderos amigos, que nos enseñen con naturalidad el Evangelio. No cabe duda de que cada sacerdote tiene el temperamento que Dios le ha dado. Hay sacerdotes extrovertidos y sacerdotes introvertidos, los hay muy sociables y los hay tímidos y reservados, algunos tienen gran facilidad de palabra y saben, de manera natural, predicar con gran eficacia la Palabra de Dios, mientras que otros encuentran muy difícil hablar en público. Exactamente igual que nos ocurre al resto de los mortales.

Pero cuando uno ha sido llamado al sacerdocio tiene que poner todos los medios que estén en su mano para comunicar de la mejor manera posible el Evangelio, en la relación persona a persona y en la predicación, en el despacho parroquial y en el confesionario, y también cuando se dirigen a grandes grupos. Es cierto que el protagonista es siempre el Espíritu Santo, pero no se puede olvidar la parte humana.

Por eso un sacerdote tiene que formarse en habilidades de comunicación. Tiene que aprender a escuchar, a tender puentes para que nos acerquemos a ellos con confianza y nos sintamos acogidos. Tienen que aprender a predicar, a persuadir con la verdad de la doctrina católica que es la misma revelación de Cristo que nos llega a través de la Iglesia.

¿Es pedir mucho? Sí, ciertamente. Pedimos y esperamos mucho de los sacerdotes. Les necesitamos.  ¡Sois muy importantes para nosotros!          

María Lacalle Noriega