Recientemente me han entrevistado en Radio María a propósito de pregones, carnavales y otras astracanadas que, un año más, han mostrado ejemplos variados de odium fidei. Se preguntaba hace años en un artículo magistral, Juan Manuel de Prada, que ¿a quién puede injuriar la visión de un crucifijo? “No a quienes no hayan sido educados en el cristianismo; pues, para estos, un crucifijo será como el monolito al que adoraban los hombres de las cavernas, una figura carente de significado religioso en la que, si acaso, descubrirán un sentido histórico”. Huelga decir que tampoco a los cristianos o a los que, sin profesar nuestra fe, han sido educados en el cristianismo, salvo que, como sucede en algunos casos, viertan sobre él toda la amargura acumulada por alguna mala experiencia eclesial.
Pero me entrevistaban en Radio María, no tanto para analizar lo ocurrido, que también, sino, sobre todo, para proponer nuestra respuesta. Estando la otra mejilla en los evangelios de Lucas y de Mateo como interpelación inequívoca de no responder al mal con el mal, sino con el bien, amando incluso al enemigo, sería vana soberbia proponer otro camino. La otra mejilla, ni menos ni más. Nunca vengar la ofensa. No coger el altavoz, el ordenador o la pluma y asestar diatribas dialécticas con la munición del “tú más”. Ahora bien, la otra mejilla no incluye aplaudir la ofensa, ni prohíbe censurarla con valentía. Ni ofender, ni vengar la ofensa. Otro gallo nos cantaría si los que toman el nombre de Dios (y el del artista) en vano, no encontraran una cohorte de palmeros que les ríen las gracias. Poner la otra mejilla es compatible con el repudio social del que abofetea. Para que, de la misma manera que sabe que no le vamos a responder con otra torta (bendito desconcierto el que provoca el bien), sepa también que la gran mayoría afea su conducta y no le ríe la gracia porque, sencillamente, no la tiene.

Isidro Catela