“Todos queremos ser felices, mi querido Galión”. Comenzaba esta semana mi clase de Ética en la Universidad con un texto clásico y estoico. Demasiado para un lunes a las 9.30 de la mañana. Desde ahí dimos un salto hacia atrás de 400 años. Aristóteles y su Ética a Nicómaco. “La felicidad no es un efecto del azar. Es a la vez un don de los dioses y el resultado de nuestros esfuerzos”. Agua. Tres o cuatro despertando, poco más. Les puse Loquillo y yo para ser feliz quiero un camión. A ver si con el ruido se deslegañaban. No fue hasta llegados al siglo XXI, con la chispa de la vida cuando se desperezaron. “Estas aquí para ser feliz”, rezaba aquella maravillosa campaña de Coca-Cola que vino a darnos en el espinazo de la crisis moral y económica. Hasta que, como que no quiere la cosa, con la extraña naturalidad del saltarín de siglos, les metí de lleno en una habitación de hospital para ser compañeros de un niño de diez años al que le quedan doce días de vida. Uf.
Es Óscar o la felicidad de existir. Puro teatro, pura vida. Se puede ver en Madrid, en la sala Arapiles 16. La dirige Juan Carlos Pérez de la Fuente, una garantía. Sobre las tablas, Yolanda Ulloa da vida a diez personajes diferentes, desde el niño cabeza huevo hasta la inclasificable Mami Rose.
Está basada en un texto de Éric-Emmanuel Schimitt, que ha escrito ya seis piezas en lo que componen una suerte de “Ciclo de lo Invisible”. Quizá algunos recuerden “El señor Ibrahim y las flores del Corán”. Este inolvidable Óscar, empecinado en la felicidad de existir, también pasó por el cine con el título “Cartas a Dios”. No esperen una homilía de hora y media. Es un gozo en el pozo de la sabiduría. Si pasan por Madrid, no se la pierdan. Yolanda Ulloa les espera a la salida para estrecharles las manos y darles las gracias. Tendrán que dárselas a ella, se la llevarán prendida al corazón y a la memoria. A ella y a Óscar. Para siempre. Yo la vi con mi hijo de 13 años, que iba por primera vez a un teatro de adultos. Nos costó pronunciar palabra a la salida. La gente andaba arrasada en lágrimas y kleenex. Mis alumnos, por su parte, andan sacando las entradas. Es una actividad voluntaria y, sin embargo, andan convenciéndose unos a otros. Vieron el anticipo y, como por arte de felicidad, salieron del letargo. Ya decía Marx, el humorista, que la felicidad está compuesta por pequeñas cosas: un pequeño coche, un pequeño yate, una pequeña mansión … una pequeña obra de teatro como ésta, que no admite parangón con los pequeños placeres de Groucho.

Isidro Catela