Hemos tenido una semana revuelta. Demasiado incendio para una chispa que surgió en la seducción, aparentemente reposada, que propone cada semana el sofá televisivo de Risto Mejide. Demasiada acción, sobre todo si tenemos en cuenta que se sentaba en el chester una monja contemplativa.
Daría para mucho. Para salir al paso de quienes han lapidado verbalmente a Sor Lucía, con insultos inmisericordes, que, aun poniendo en muchas ocasiones verdad, han olvidado la más básica de las caridades. Hay ejemplos por doquier en las redes, que tanto usa la monja protagonista, y en las que, especialmente en casos como estos, fluye una suerte de “shitstorm”, toda una tormenta de mierda e indignación mal canalizada, que es el paradigma de una sociedad en la que la cultura de la falta de respeto y la indiscreción campan a sus anchas.
Daría también para refutar con calma las visiones maniqueas del otro como enemigo o martillo de herejes, simplificando lo real, como si la vida (como si la Iglesia) no fuera apasionante precisamente en su complejidad y en su Misterio.
Daría incluso para rebatir a quienes, con la buena intención que siempre albergan los que se lanzan a echarle el salvavidas al amigo que anda con el agua al cuello, defienden que Sor Lucía es evangelio puro frente a otros, contaminados, que suelen hablar de temas ajenos a la fe, en lugar de centrarse en la misión evangélica que tienen encomendada. Lo dicen precisamente sobre Sor Lucía Caram, a la que nada de lo humanamente catalán le es ajeno y que, además de sobre Dios y los pobres, habla sin cesar de divinidades como Leo Messi o Artur Mas.
O daría para discutir razonadamente con quienes entienden que la Iglesia o se pronuncia sobre la Virgen o habla de dramas sociales, como si no se pudiera hablar de las dos cosas. Es más, como si lo uno no fuera lo que viene por añadidura después de vivir y hablar de lo otro.
Daría para más, pero como en el blog hay que pagar el peaje de la brevedad, pondré puntos suspensivos y sobre el fondo de la cuestión me remitiré a santo Domingo de Guzmán, el fundador de la orden dominica (¡feliz 800 cumpleaños!), cuyo hábito viste Sor Lucía. El santo sostenía que el origen del testimonio de la fe, que todo cristiano debe dar en la familia, en el trabajo, en el compromiso social y también en los momentos de distensión, está en la oración, en el contacto personal con Dios y en la devoción a la Virgen María. “Estás viendo el fruto que he conseguido con la predicación del Santo Rosario; haz lo mismo tú y todos los que aman a María, para de ese modo atraer todos los pueblos al pleno conocimiento de las virtudes”.
Como para más ya no da, sobre la forma del asunto en cuestión, solo una cosa. Con el mismo aprecio y la única intención de que sirva para pensar. El exceso de luz achicharra la foto. La sobreexposición dificulta el verdadero diálogo porque hace que hablemos (sobre todo y a veces solo) de Sor Lucía Caram. Un hombre ( o una mujer) de Iglesia que solo habla de sí, es un peligro para todos. Quien habla de Dios y no habla de aquellos que más lo necesitan es un peligro para la Iglesia misma. Y quien habla del mundo y se olvida de Dios (o de la Virgen) es un peligro para las redes sociales. Y hermana, cordialmente, no estamos llamados a ser un peligro para nadie, sino instrumentos de salvación. Basta con que caigamos en la cuenta de que, a pesar de la poderosa tentación que a todos nos acecha, no hemos de ser el ombligo sino el corazón del mundo.

Isidro Catela