En la torre de espera de las lecturas que aguardan junto al ordenador, tenía sepultado desde hace tiempo “No basta un click. Iglesia y comunicación”, de Jorge Oesterheld, publicado en PPC y prologado por el reciente premio Bravo especial, Antonio Pelayo. Le tenía ganas al texto, en el buen sentido, claro, aunque solo fuera porque el autor, sacerdote argentino, ha compartido conmigo el bendito cargo (y la carga) de dirigir la Oficina de Prensa de una Conferencia Episcopal durante más de diez años. En su caso en su tierra natal, Argentina, por lo que, además, cuenta con unas claves internas privilegiadas para sintonizar la antena hacia el pontificado del papa Francisco.
No basta un clic, no es un libro más, no hay que perdérselo. Incluso aunque esto de la comunicación, en sentido mediático, les quede lejos y ni hayan dirigido ni esté en su horizonte inmediato ponerse al frente de la comunicación en alguna institución eclesial. El libro apunta, como todo texto sugerente, al fondo de la cuestión. No es un problema solo de lenguaje, no se soluciona atendiendo exclusivamente a la comunicación oficial, no basta con ser joven y sobradamente preparado en tecnología. La verdadera cuestión es una cuestión antropológica: en qué escenario estamos, quiénes somos (comunicadores y testigos) y, sobre todo, qué nos mueve, o, mejor dicho, Quién nos mueve a darle al click y nos muestra con evidente claridad que con un click no basta.
No esperen un manual al uso sobre Comunicación e Iglesia. Esa es su gran virtud. Esperen y déjense sorprender por una nueva forma de mirar el mundo, la Iglesia y la comunicación misma. Si contemplan así, hasta el próximo manual académico que encaren lo afrontarán de otra manera. “Ahora la pregunta y la respuesta no pueden plantearse en el terreno de la eficacia o la conveniencia, ni tampoco en el terreno de la economía o la política. Sorprendentemente, las preguntas y las respuestas de estos tiempos hipertecnificados se plantean en el campo de las creencias, la espiritualidad y los valores. Las transformaciones tecnológicas impulsan preguntas sobre decisiones humanas y sobre el sentido de esas decisiones”. Pues eso, que apunta tan al centro y dan tan en el clavo, que, ahora que ya no tengo que librar la batalla del Amor en la Oficina de ninguna Conferencia Episcopal, lo voy a utilizar en mis clases de Ética.

Isidro Catela