Cantaba “El Último de la fila” en mis tiempos mozos un verso lapidario: “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir”. Podríamos colocarlo en el frontispicio de la profesión periodística. Pero no sólo. Hoy no somos únicamente los profesionales de la información los que sufrimos la dictadura del ruido y la de tener algo que decir de forma permanente, aunque solo sea en 140 caracteres.
Puede parecer paradójico que en un espacio dedicado a la comunicación, y específicamente de comunicación en la Iglesia, como es éste, os hable del silencio. No lo es. Es más, es condición de posibilidad. Para que haya buena comunicación, ha de haber silencio. Y no un silencio, sin más, de no tener nada que decir, sino un silencio profundo, interior, vivencial, que no se identifica solo con estar callado, a pesar del juego cartesiano de palabras con el que titulo el artículo. En el silencio es donde suceden los grandes acontecimientos, escribía Guardini en “El Señor”. En nosotros el silencio es ese lenguaje del ser finito que, por su propio peso, atrae y arrastra nuestro movimiento hacia el Ser infinito, sostiene el filósofo Joseph Rassam en “El silencio como introducción a la metafísica”. Pensad en cómo nos seduce, qué poderosa fuerza de atracción, qué auténtico desafío suponen, por ejemplo, los hijos de san Bruno y su silencio cartujano.
Por todo ello, y porque estoy convencido de que las bases de nuestra buena comunicación se cimientan en el silencio, os traigo hoy “La fuerza del silencio” el libro del Cardenal Robert Sarah, en conversación con el periodista y autor francés Nicolás Diat, y prologado por el Papa emérito Benedicto XVI. No se me ocurre mejor manera para sumergirnos en las vacaciones de agosto. Tal y como hizo en otro reciente “best seller espiritual” (Dios o nada), publicado también en castellano por Palabra, el Cardenal Sarah nos coloca ante una pregunta decisiva: “¿pueden aquellos que no conocen el silencio alcanzar la verdad, la belleza y el amor?”. No hago gran spoiler si os avanzo la respuesta: todo lo que es grande y creativo (todo acontecimiento grande, en palabras de Guardini) está relacionado con el silencio. Dios mismo es silencio. El ruido, a menudo, genera desconcierto, mientras que en el silencio se forja nuestro ser personal, nuestra propia identidad.
En tiempos de espiritualidades líquidas, new age, que no pasan de un acercamiento frívolo al silencio, es una gozada entregarse a las páginas de esta propuesta abisal. Al Cardenal Sarah se le entiende todo: o Dios o nada, o Dios o ruido, o silencio o sin Dios. Porque si bien el habla caracteriza al hombre, es el silencio el que nos define, y es imprescindible ese silencio, esa soledad sonora que tan bien conocemos en la mística española, para poder escuchar la música de Dios.
Encendemos a todas horas las pantallas que nos rodean y sucumbimos ante la tentación de la revolución que incluye alboroto, cuando no indignación que acaba en ira. Esto es mucho más simple (pero más difícil). Gustad el libro del Cardenal Sarah, veréis qué bueno, qué elocuente, y qué silencioso es el Señor. Esta es, como dice el autor, la verdadera revolución, la que viene del silencio, que nos conduce hasta Dios y los demás, para colocarnos humildemente a su servicio.

Isidro Catela