No me entusiasma el anuncio de la Lotería de este año. No me gusta es hábito arraigado de no saber esperar y tener que adelantarlo todo. Esta vez nos han avisado de que la fecha clave no será el 22 sino el 21 de diciembre. Olvidada la serie new age de los anuncios del calvo y aquel experimento incalificable de Raphael y Montserrat Caballé, entre otros, sobreactuando entre las luces de Pedraza, en Segovia, los anuncios de la lotería nos están llevando en los últimos años por la pendiente del emotivismo moral. Ya saben: no se trata tanto de jugar (eso en España y más en Navidad está asegurado) como de compartir el juego, es decir, de jugar para ti y, además, comprar para otro. No me gusta la utilización de Carmina, esa mujer a la que la fiesta le confunde.

Y sin embargo voy a tratar de sacar del limón, limonada, y a contracorriente aplaudir, salvar lo salvable e intentar sacarle un cierto partido al anuncio porque me emociona, contenidamente, que sea, en primer lugar, y por encima de todo, la historia de un encuentro. De un grupo de personas que salen de sí hacia el otro; un encuentro no idealizado sino encarnado en abrazos concretos, que los hay, muchos y buenos. Que sea, además, una historia de un encuentro que termina en lo más alto. Como sería pecado laico y publicitario, no culmina en ningún campanario, pero bien está ese faro, conciencia moral, primer anuncio para tantas ocasiones en las que andamos sin puerto ni dirección. Y, por último, me gusta que sea una tierna mirada atrás, a nuestras raíces, a lo que nos funda. Tiene mérito en tiempos de absolutización del presente y tiene Gracia que Carmina, sin la cual no habría anuncio posible, sea abuela, madre y maestra. En realidad, a los que tenemos una madre y maestra así, ya hace tiempo que nos tocó el Gordo.

Isidro Catela