Dice mi admirado maestro López Quintás que cuando entran en escena algunos términos, como por ejemplo el de “libertad”, corremos el riesgo de que lo aceptemos sin matización alguna y, en una forma elemental de pensar, lo convirtamos en una suerte de término talismán al que nadie ose toser. De esta forma, o bien entendemos, desde una inmadurez absoluta, que la libertad no tiene límite alguno, con lo que, en el mismo ejercicio arbitrario de dicha libertad, vamos minando sus fundamentos hasta destruirla; o bien, desde una inmadurez sectaria, entendemos que la libertad tiene sus límites a la manera de la popular ley del embudo, ancha para mí y estrecha para todo el que no piense como yo.
Hay quienes desde estos planteamientos, inmaduros en diversos modos, equivocan los medios y se plantean responder provocadoramente para abrir un debate sobre el sexo de los autobuses, a partir del que otros abrieron antes sobre el sexo de las marquesinas. No obstante, sostener que se han equivocado los medios, y criticar marquesinas o buses, no implica asumir que en la discrepancia de ideas tenga que existir incitación al odio.
Y luego hay quienes, se rasgan cínicamente las vestiduras ante afirmaciones de 1º de Biología, que aún no han sucumbido a la neolengua dominante, pero aplauden y hasta le otorgan un premio, a la drag queen que se cisca en Jesucristo, la Virgen, y que, ya puestos, aprovecha el tirón para decir que él de mayor, querría ser profesor de religión.
Con toda la complicación que tiene la interpretación de la norma, y entendiendo que hay fiscalías con diferente grosor de piel, bastaría con una cuestión previa, que no es jurídica sino antropológica, y, por lo tanto, ética. Ese tipo de libertad grosera, tosca, instintiva, que a menudo se esconde en espectáculo carnavalesco o en el humor sin gracia, para decir por ejemplo, como ha hecho la televisión vasca, que los españoles (no han dicho el resto de los españoles, claro) somos fachas y culturalmente inferiores, rehuye el esfuerzo de elevarse y convertirse en una libertad superior, mejor, digna del ser humano en cuanto tal. Esa libertad, mejor en todos los sentidos, entiende que lo digno y lo fecundo, lo que suscita felicidad verdadera es crear ámbitos de concordia. Por eso busca el encuentro con el otro, actúa con respeto, estima y actitud de colaboración y jamás podrá entenderse como una “libertad para ofender”, que, con voluntad de dominio y exclusivo interés ideológico, estará siempre dispuesta a venderse al postor que le ofrezca las mejores subvenciones.

Isidro Catela