Desde que leí, hace años, Walden, la vida en los bosques tengo en mi casa tres sillas. Casi, casi se corresponden con las tres famosas distancias de la comunicación que desgrana el profesor Arturo Gómez Quijano en su manual de comunicación para las organizaciones.
La primera es para la amistad, la comunicación más cercana, aquella en la que resulta más sencillo sentar las bases de lo próximo (el prójimo).
La segunda es para la sociedad. Casa siempre abierta para invitar incluso a las visitas de compromiso, también prójimas aunque la distancia social entre las sillas sea esta vez más amplia.
Y la tercera es para la soledad. Aunque ésta no es propiamente una distancia de la comunicación, me parece, sin duda, la más importante, en cuanto que es fundamento que cimienta a las otras. No hay comunicación verdadera sin soledad querida, sin silencio bien trabajado, sin silla para sentarse a solas. “Quién soy , ni yo mismo comprendo todo lo que soy”, escribe San Agustín. No vayas fuera, no te vacíes de ti, entra en ti mismo, que es en esa interioridad donde habita la verdad. Esta es la silla madre de todas las batallas, también y sobre todo de las batallas familiares, que, como habrán visto, no tienen silla adjudicada.
La familia se sienta en el suelo, en el sofá, en la cama y, a menudo, en la silla que le da la gana. Los miembros de la familia tenemos bula para sentarnos o estar de pie. Para pedir la silla de la soledad, la de la conversación próxima o la de la charla frívola.
En tiempo de vínculos frágiles, la silla invita a la ligazón, a la proximidad. La vida en común depende del comer juntos, dice Josep María Esquirol en La resistencia íntima. Ahí en la mesa están el pan, el aceite, el vinagre, la sal y la conversación. Y ahí, junto a la mesa, están las sillas para que, de una vez, sentemos la cabeza y entendamos que de todo eso que se comparte, que se comunica a los demás, depende la siempre difícil y precaria comunidad que anhelamos.

Isidro Catela