Este fin de semana, que andamos en la Fundación impartiendo un curso en el Seminario de Tarrasa sobre comunicación interpersonal y, entre otras cosas mayores, el poder de las emociones, me viene y va como un eco poderoso la famosa frase de Pascal sobre la razón y el corazón. Es evidente (basta con que cada uno confronte su experiencia personal) que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y es palmario, también a mi juicio, el gran bien que una buena formación emocional puede hacer en nuestra Iglesia.
Más allá de la moda y de los libros de autoayuda, nuestra misión se presenta, humilde y eficaz, si la entendemos como vocatio y responsum. Como llamada, desde Otro, y responsabilidad con el otro, porque el corazón nos arde, y ya no podemos estar sin contarle a la gente lo que hemos visto y oído.
Para hacerlo es imprescindible trabajar, como hábito virtuoso, el mapa de las emociones, especialmente en un tiempo como el nuestro, que peca a menudo de irse por el sumidero del sentimentalismo y que, por eso mismo también, a veces provoca reacciones desmedidas, colocando las emociones en el desván, bajo llave, para no verlas mucho ni tener que hablar de ellas.
Debemos hacerlo (deben hacerlo con particular vocación y responsabilidad los sacerdotes) y debemos aprender a comunicarlo como Dios manda. Benedicto XVI lo expresó con su habitual finura en “Caritas in Veritate”: “la verdad libera la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal”. Así es, porque, a pesar de nuestro carácter individual, no podemos desarrollarnos plenamente más que en clave de vida social e interpersonal. Y porque en esa clave es tan decisivo afinar con el territorio emocional como saber manejar la brújula y las riendas de la carrera para no dejar que el potro del emotivismo moral nos tire al suelo.

Isidro Catela