En el siglo XVII, a partir de la escisión cartesiana fue calando la convicción de la irrelevancia divina. La teoría cartesiana resumida en el famoso “pienso, luego existo” nos presenta una suerte de casa de dos plantas: una, la planta baja, en la que el hombre se guía por la razón y otra, el desván, donde va quedando amontonada la fe; una fe de los filósofos, no encarnada, que termina por hacerse del todo prescindible. Si con la razón puedo cimentar el edificio de la ciencia universal, ¿para qué voy a gastar fuerzas en subir al altillo?
De aquellos polvos, nos vienen algunos lodos, pero hay que sostener en su favor que, aunque no era una razón muy abierta que digamos, al menos se acababa por apelar a la razón. Algo era algo.
El siglo XX, con el humus de la propaganda bélica y el lodazal del 68, dio un paso más: nos enseñó que para existir ya no hacía falta siquiera pensar, racionalmente hablando, sino que con sentir era suficiente. “Siento, luego existo”. Nace así la era de la comunicación sentimental y en ella andamos, supeditamos al emotivismo reinante. Veamos, sin necesidad de nombrar a nadie, al emotivismo en acción, eje de cualquier comunicación sibilina que se precie.
Todo proyecto totalitario necesita alimentar su emoción con el veneno de la propaganda. Decía Goebbels, paradigma propagandístico del problemático y febril siglo XX, que la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales, porque al fin y al cabo de lo que se trata es de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
Se nos ha licuado la comunicación, se nos ha infantilizado por la vía de la lágrima fácil. Los que nos dedicamos a ello deberíamos estar despiertos, porque aquí se va a jugar el “relato”, que dicen ahora. Debemos ayudar, con nuestra comunicación diaria, a distinguir lo “espontáneo”, a menudo puro sentimentalismo vacío que nos viene motivado por otros, de lo “auténtico”, que proviene de mí y que, a diferencia de lo anterior requiere esfuerzo y capacidad de distanciamiento respecto a los impulsos inmediatos. Es muy bueno tener sentimientos, pero no son el criterio moral definitivo. Es preciso contrastarlos con la razón, volver a la razón (¡quién nos lo iba a decir!), y conseguir que la decisión final sea producto de la voluntad libre.
La libertad que nos propone la comunicación sentimental, expresada magistralmente en algunas formas de publicidad y en todas las de propaganda, es tan seductora como falsa. De hecho, no es libertad sino veleidad, que me lleva a hacer lo que siento de manera trivial en cada momento, iluso ante la tiranía del que mueve los hilos, y que me puede hacer sentir incluso, como le sucedía a Luis XIV, que “el Estado soy yo”.

Isidro Catela