Por su enorme interés, reproducimos a continuación la impresionante homilía del Presidente de la Conferencia Episcopal Filipina, Monsenor Sócrates Villegas, el pasado Jueves Santo, en la que llega a decir que  “si un seminarista no puede hablar en público con claridad y eficacia, no deberíamos ordenarlo. Será un peligroso abusador homilético”.

Imprescindible lectura para seminaristas y sacerdotes:

“En este día hacemos nuevamente un viaje espiritual al Cenáculo para recordar nuestro sacerdocio. Venimos de nuevo para agradecer al Señor por habernos llamado al sacerdocio. El Señor se arriesgó. Nos ha confiado su Iglesia. Mientras más permanecemos en esta vocación, más claramente vemos que se necesita más que fuerza de voluntad para seguir siendo un buen sacerdote.

Se necesita gracia. Necesitamos de Dios. Necesitamos de Dios para permanecer enfocados.  Necesitamos de Dios para permanecer en el camino. Necesitamos de Dios para que nos proteja y nos guarde.

Hemos visto muchos abusos entre el clero – abuso de alcohol, abuso sexual, abuso de menores, abuso de apuestas, abuso de dinero, abuso de viajes, abuso de vacaciones. Este día, los invito a volver sus corazones a otro abuso rampante que se ha extendido entre los sacerdotes: el abuso homilético.

Sí, un abuso a la amabilidad de las personas que se ven forzadas a escuchar homilías largas, enredadas, repetitivas, aburridas, desorganizadas, impreparadas y mal pronunciadas. Medio en broma, pero también medio en serio, las personas dicen que nuestras homilías son una de las penitencias obligatorias de cada domingo.

Si escuchan más detenidamente a lo que dice la gente de nuestras homilías, nadie se queja de la profundidad del mensaje ni de la erudición exegética. Se les hace aguantar domingo tras domingo nuestras homilías que no pueden ser comprendidas porque nos toma tanto tiempo la introducción, porque no sabemos ir directamente al punto y porque no sabemos cómo concluir. Prepárense. Sean claros. Sean pausados.

Todos sufrimos por las homilías de nuestros sacerdotes mayores cuando éramos seminaristas. Cuando llega nuestro turno de dar homilías, el abusado se vuelve el abusador.

Si a un seminarista le falta castidad, no podemos recomendarlo para la ordenación. Si un seminarista es necio y de cabeza dura, no podemos autorizar su ordenación. Si un seminarista no puede hablar en público con claridad y eficacia, no deberíamos ordenarlo. Será un peligroso abusador homilético. El abuso homilético puede dañar las almas.

Las homilías largas, enredadas, repetitivas, irrelevantes e impreparadas son signos de la falta de vida espiritual del sacerdote. San José de Cupertino decía: “Un predicador es como una trompeta que no produce melodía a menos que alguien sople en ella. Antes de predicar, ora de esta forma: Señor, tú eres el espíritu, yo soy tu trompeta. Sin tu aliento no puedo emitir sonido.”

No basta con preparar nuestras homilías; el buen sacerdote se prepara a sí mismo. Predicar es un ministerio del alma y del corazón y no solo de las cuerdas vocales y las neuronas. Nuestra vida espiritual es el verdadero fundamento de nuestras homilías. La pregunta no es qué predicaremos sino cómo predicaremos. Predicamos solamente a Jesucristo; siempre a Jesucristo.

¿Cómo podemos salir de la prevalente cultura del abuso homilético? ¿Cuál es el remedio?

El primer llamado de los tiempos es la sinceridad sacerdotal. Puedes predicar a estómagos vacíos si el estómago del párroco está tan vacío como el de sus feligreses. Nuestras homilías mejorarán si disminuimos nuestro amor para hablar y aumentamos nuestro amor para escuchar.

Cuando nuestra homilía es una simple charla, solo repetimos lo que ya sabemos, nos cansamos y sentimos vacíos. Cuando escuchas antes de hablar, aprendes algo nuevo y tu homilía será brillante y resca. Seremos mejores homilistas si nos atrevemos de nuevo a oler a oveja.

El segundo desafío de nuestros tiempos es la sencillez. Sencillez en el mensaje y aun más, sencillez de vida. La vida sencilla nos ayudará además a dejar de hablar de dinero y de campañas para recaudar fondos en la homilía; hablar de dinero nunca ha sido edificante.

La sencillez significa resisitirse al uso del púlpito como medio para desquitarnos de quienes se oponen a nosotrospatama sa sermon. La sencillez también exige que dejemos la política electoral fuera del ambón. La sencillez en las homilías no signfiica desear hacer reír o llorar a la gente, eso es para telenovelas y programas de medio día.

La sencillez en las homilías hace a la gente inclinar la cabeza y golpear su pecho deseando cambiar, buscando la misericordia de Dios. Ser sencillo es ser grande ante los ojos de Dios. El estilo de vida simple de los sacerdotes es la homilía más fácil de comprender.

El tercero y último desafío es la llamada al estudio. Leer y estudiar no deben detenerse después del seminario. Si dejamos de leer y estudiar, ponemos en peligro las almas de nuestros feligreses. Si dejamos de estudiar, entonces comenzamos a forzar a la gente a leer lo que llamamos “el libro abierto de nuestras vidas”, la historieta de nuestras vidas, ridícula y terriblemente escandalosa, que de poco inspira. Nuestra homilía se convierte nuestra historia y no la historia de Jesús. Leer demasiado la cuenta bancaria no es una buena forma de preparar nuestras homilías.

Sé cuidadoso con tu vida. La gente nos mira más de lo que nos escucha. Sé sincero y honesto. Una vida doble, una vida secrata y oscura, es estresante.

Sé cuidadoso con cada homilía. Dios te juzgará por cada palabra que salga de tu boca. Cree lo que lees. Proclama aquello en lo que crees. Vive según lo que proclamas.

Sé cuidadoso con cada homilía. Ellos quieren escuchar a Jesús, no a ti; solo a Jesús, siempre a Jesús.

Sé cuidadoso con cada homilía. Ten compasión del pueblo de Dios. Detén el abuso homilético. Deja que tu homilía inspire y encienda los corazones con fuego.”

¡Apasiónate por nuestra fe!