Ha muerto esta semana Zygmunt Bauman, Premio Príncipe de Asturias de Humanidades en 2010, polaco inquieto, judío, sociólogo, filósofo y ensayista que dedicó buena parte de su vida a pensar nuestro tiempo. Conocido por acuñar el concepto de “modernidad líquida”, Bauman puso letra a la incierta música contemporánea que nos suena de fondo; un tiempo sin certezas, sin vínculos duraderos, sumido en un estado volátil donde prima la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios. Aquellos, otrora vínculos de referencia, se han debilitado sobremanera y son provisionales. Nuestras identidades, al pairo, son semejantes a una costra volcánica que se endurece, vuelve a fundirse y cambia constantemente de forma. Desde fuera, cuando otros nos miran parecen duraderas, pero no lo son cuando son miradas por el propio sujeto que aparece en un estado de permanente fragilidad y desgarro.
Endiosado por muchos, desde extremos políticos, sin haberle leído, ni a juzgar por lo que han dicho a su muerte, sin haberle tampoco entendido, y vituperado por otros extremos por haber cometido el “pecado” de militar en el Partido Comunista, Bauman ha pensado con lucidez pesimista un tiempo tan complejo y apasionante como el nuestro. Sus aportaciones son muy interesantes para comprender, por ejemplo, lo vulnerables y fragmentadas que son a veces nuestras experiencias religiosas (y nuestra comunicación, hija de la era líquida del zapping). Benedicto XVI le citó en ocasiones para hablar del ser humano “fluido” que en este tiempo somos.
Se equivocaba Bauman al reducirlo todo a esa vulnerabilidad, y justificar desde ella el anhelo de Dios, pero su vida y su obra abren caminos muy válidos para reflexionar sobre la pregunta por la Trascendencia, en general, y por la función social de la religión en una sociedad secularizada, en particular. Ahora que, al calor de su muerte reciente, florecerán los estantes de las librerías con sus palabras, es un buen momento para leerle, comprenderle y discutirle desde la esperanza cierta (sólida como roca) del corazón siempre inquieto hasta que no descanse en Dios.

Isidro Catela