Hagamos una declaración de principios. Como sacerdote: ¿está totalmente de acuerdo en que “Predicar de modo apropiado ateniéndose al Leccionario es realmente un arte en el que hay que ejercitarse”? Si es así, debe ser consciente de que acepta como propias las palabras que Benedicto XVI nos propone en Verbum Domini (59) y por lo tanto, tiene la obligación de practicar este noble arte desde su inicio vocacional, aun aceptando que no podrá predicar una homilía hasta que, al menos, sea ordenado diácono.

En términos generales el “arte” de la predicación debe ser manifestado, proyectado y controlado:

Manifestar es sobre todo mostrar nuestras ideas públicamente, sin temores y con amor. El instrumento formal es la palabra que se materializa mediante el sonido y éste posee volumen, velocidad y ritmo. Tanto el volumen como la velocidad de cada uno de los párrafos que configuran nuestra homilía pueden ser voluntariamente controlados, evitando la monotonía y/o las estridencias rechinantes. El ritmo es el resultado que se obtiene mediante la mezcla armoniosa del volumen con la velocidad.

Proyectar una homilía constituye el equilibrio perfecto de una adecuada comunicación. Para ello nos ayudamos con la búsqueda de un lugar apropiado en el templo: puede ser el ambón, correctamente iluminado o un lugar del presbiterio frente a los fieles utilizando un micrófono inalámbrico.

Controlar kinésicamente nuestro cuerpo supone prestar atención especial a ojos, manos y cuerpo. Los ojos “tienen que mirar” a los fieles, jamás pueden estar perdidos, apagados o ¡LEYENDO! Las manos “apoyan” las palabras, las subrayan y complementan. Un cuerpo envarado delata el pánico, y uno saltarín distrae e imposibilita que cale la palabra y entre en los fieles. La posición normal es de pie, sin demasiado movimiento, sin nada en las manos o como mucho un tarjetón / esquema que debe consultar lo menos posible.  No hay problema si se mueve al ritmo de la homilía o si se sienta buscando lograr un ambiente de mayor recogimiento e intimidad.

Este conjunto de habilidades, debe ser entrenado y ajustado a cada circunstancia y temporalidad. En todas las homilías, se utilizan las mismas habilidades pero no de la misma manera.

Manuel de la Vallina