Abstenerse tecnófilos irredentos, de los que saltan a la primera porque ven a un apocalíptico en cualquier parte. Sherry Turkle, la autora del interesantísimo libro que presento, no está en contra de la tecnología, sino a favor de la conversación. Lanza en esta obra una voz de alarma, enciende un semáforo ámbar, sobre un fenómeno que, por muy millenial que seamos, resulta innegable: algunas de las consecuencias de la cultura digital sobre determinados aspectos de nuestra vida son inquietantes. Echen un vistazo al metro, al bus, o a esos cuatro amigos que han quedado para tomarse unas cañas y no levantan la pestaña de sus respectivas pantallas. Vivimos sumergidos en el océano que nos proporciona la sociedad digital, pero nuestra constante conexión hace que sacrifiquemos también buena parte de la conversación que nos hace verdaderamente humanos. Porque esto es, ni más ni menos, lo que Turkle defiende y sostiene con la investigación detallada de una psicóloga clínica que lanza una mirada preocupada sobre el tiempo que le ha tocado vivir. “En defensa de la conversación” no es una acongojante distopía. Para eso ya está “Black Mirror” triunfando entre los más jóvenes. Es una apuesta sensata por recuperar la conversación. En la era de tanto narciso idiota (de cualquier edad), que se hace selfies al borde de los acantilados, la conversación es un poderoso antídoto, un détox, que dicen los cursis de la nutrición. «La conversación cara a cara – afirma Turkle- es el acto más humano, y más humanizador, que podemos realizar. Cuando estamos plenamente presentes ante otro, aprendemos a escuchar. Es así como desarrollamos la capacidad de sentir empatía. Este es el modo de experimentar el gozo de ser escuchados, de ser comprendidos. Además, la conversación impulsa la introspección, esa conversación con nosotros mismos que constituye la piedra angular de nuestro desarrollo temprano y que continúa durante toda nuestra vida…». Lean, que el verano es tiempo más propicio aún, y luego, si su apurada vida digital les deja tiempo, conversaremos. Para no perder las buenas costumbres.

Isidro Catela