Uno de los cursos que ofrece la Fundación Carmen de Noriega es el de Oratoria, dirigido especialmente a sacerdotes y, en concreto, a la mejora de la preparación y predicación homilética. Hay un implícito evidente: la necesidad existe porque no todos las preparan de forma adecuada. La “era del corta y pega” también tiene sus riesgos, así que con la humildad del laico que se dedica profesionalmente a la comunicación, y que goza y sufre homilías a diario, aquí van diez puntos, como propuesta, para el que quiera ponerlos sobre las íes de la homilía.

1.- Ha de ser breve, sí, pero sobre todo ha de ser BUENA. De poco nos sirve que sea corta si es mala. Ya saben, las buenas, si breves, dos veces buenas.

2.- ¿Cómo ha de ser de BREVE? La Santa Sede ha dicho que no más de ocho minutos, aunque también ha dicho que los veinte minutos que se nos pueden hacer eternos en Occidente, a lo mejor parecen pocos en África donde, en muchos lugares, se viene de lejos para recibirla. Yo tuve un profesor que, con maledicencia, recitaba el dicho de Gracián, lo bueno si breve … y luego lo remataba: “y si es malo, por lo menos que sea breve”.

3.- La homilía es un género específico que hay que conocer. Ha de ser a un tiempo SENCILLA y PROFUNDA. No es un espectáculo de entretenimiento ni un alto tratado de Teología.

4.- Para que sean buenas, han de estar PREPARADAS, por respeto a la Palabra de Dios y a los fieles que la escuchan. La mejor improvisación es la que está escrita. Benedicto XVI afirma que él comienza desde el lunes a preparar la homilía del domingo siguiente. Tiene así tiempo suficiente para comprender los pasajes de la Escritura y las lecturas se convierten en objeto de profunda meditación, también a la luz de los acontecimientos de la vida concreta, a nivel personal y comunitaria. La adecuada preparación va a ayudar mucho, además, a la hora de determinar y centrar el tema, y evitar así la dispersión.

5.- Las TÉCNICAS DE COMUNICACIÓN son muy importantes, pero no nos volvamos locos, la técnica no es lo primordial en el púlpito. En palabras del Cardenal Sarah, “es necesario que un sacerdote aprenda a comunicar, pero la técnica no es suficiente. Alguien puede ser elocuente, pero quien no comunica a Dios a través de su vida, puede dejar a la gente indiferente”.

6.- El aprendizaje de técnicas básicas nos ayudará desde el principio, desde lo que los clásicos llamaban la CAPTATIO BENEVOLENTIAE, o lo que es lo mismo, atraer la atención y la buena disposición de quien te escucha con un recurso literario y retórico. En lenguaje coloquial, lo que viene a ser meterse a los fieles en el bolsillo desde la primera palabra.

7.- Desde el minuto uno el sacerdote enamorado de Cristo lo irradia. Ay de esas homilías sin PASIÓN, de las que, desde los bancos, solo podemos com-padecernos.

8.-La pasión es contagiosa y en la homilía se transmite. Va directa a la INTELIGENCIA y al CORAZÓN.

9.- La pasión no es monocorde, no es monótona ni mono-tonal. Cada uno tenemos el TONO DE VOZ que Dios nos ha dado, pero se puede (y se debe) trabajar, porque desde los dones de cada cual, una buena pronunciación, un silencio en el momento justo o un ritmo preciso ayudan a que los fieles nos empapemos de la buena nueva que se predica.

10.- En la Evangelii Gaudium, el Papa Francisco exhorta a los sacerdotes para que la homilía sea un momento de “INTENSA Y FELIZ EXPERIENCIA DEL ESPÍRITU”. Y para conseguirlo, nada mejor que servir a la palabra de Dios según la fe de la Iglesia y no de manera personalista, ayudando a los fieles a comprender la Palabra y a hacerla Vida, sugiriéndoles una respuesta activa y comprometida, con acciones concretas como oraciones, lecturas, actividades en la familia, en la parroquia, en el trabajo o, sin más (y nada menos) que en medio del mundo, dando testimonio de cuanto han visto y oído.

Isidro Catela