Los cristianos nos arrodillamos ante Uno, entre otras cosas, no de menor importancia, para no tenernos que arrodillar ante ninguno más. Este hábito de la genuflexión, que en cierta forma compartimos con los musulmanes, ha sido el leiv motiv de Amazon para vendernos su mercancía con un buen envoltorio, en una campaña que gira en torno a un encuentro, a una amistad ¿sorprendente? entre un sacerdote católico y un imán.

Seguramente, en su intención y conocimiento de la razón más profunda, no ha habido un discernimiento teológico, pero como tampoco puede hacerse algo así desde el absoluto desconocimiento, olé por el gigante online. Puede que el guiño que en el anuncio se hace a la teología de rodillas no sea más que un dolor de articulaciones como pretexto, pero hay que reconocer que, en cualquier caso, es una disculpa tan prosaica como hermosa para un relato que se dibuja sincero, con los dos hombres saliendo de sí, donando, regalando (aunque sea un sencillo objeto del que no debo hacer spoiler). Y todo esto es mucho más de lo que habitualmente estamos acostumbrados a contemplar en el minado territorio de la publicidad.
Afortunadamente, las marcas van siendo conscientes de que tienen que comunicar con historias humanas, emotivas, virtuosas, inolvidables, porque de eso se trata: de guardarlas en la memoria (para ser “fieles” clientes de la marca), y de meterlas también en el corazón, conscientes de que la vida buena también vende (y vende mucho).
Esta historia de interreligiosidad publicitaria es valiente, con un punto de partida inusual: la consideración positiva y amable del hecho religioso, y, como consecuencia, la imagen de un sacerdote no ridiculizado, como acostumbra el discurso audiovisual dominante. Y desde ahí nos sorprende y nos invita a levantar la mirada, paradójicamente dentro de una historia en la que los protagonistas se abajan. La fórmula tendrá sus límites y sus trampas, pero a mí, qué quieren que les diga, Amazon me ha ganado como cliente premium. Prometo comprarme el primer perfume que haga algo parecido, que se apunte a las historias de talento y vida buena, y que entierre para siempre los manieristas reclamos de las chicas y chicos goteando colonia y susurrando en francés.

Isidro Catela