Yo converso, tú conversas. Esto es mucho más que una amigable conversación. Lo es porque hay también conversión y eso son palabras mayores; palabras de las que brotan en las buenas conversaciones. Hay que ver “Converso”, la película de David Arratibel, estrenada en cines el 29 de septiembre. Así de directo. Hay que ir a verla porque Arratibel, desde su distancia ¿atea? nos regala un documental distinto, en el que asiste, como director y primer protagonista, a las sucesivas conversiones al cristianismo que se van dando en su familia. Con la cámara realiza un ejercicio de comprensión, de honradez audiovisual, que ya quisieran para sí algunas grandes producciones. Solo sabe que sabe poco y quiere comprender lo que sucede. Como lo hace, por razones evidentes, sin ningún tipo de propósito catequético, el resultado es un documental que puede interpelar a muchos, aunque, por desgracia, para ello tengan que rebuscar la película en DVD. Háganlo, no sean perezosos, no se van a arrepentir. “Converso” da mucho juego para conversar sobre lo esencial a calzón quitado, que de eso se trata.
Podría referir una retahíla de elogios, pero me voy a quedar con dos, que, dedicándome a lo que me dedico, me emocionan ya desde el planteamiento inicial. El primero es la llamada “via pulchritudinis”, que tanto me gusta. El acceso a la verdad a través de la belleza. Hay un cuidado, en fondo y forma, nada esteticista, que conmueve. Ayudan, y de qué manera, las aptitudes para la música de la familia. Sin ñoñerías, todo hermosura. La belleza no mira, que diría Einstein, sólo es mirada. El segundo es una paradoja: el director confiesa que ha utilizado la cámara para el bien, para acercarse al otro y, en concreto, a algunos miembros de su familia con los que había cuentas pendientes y heridas por cicatrizar. Qué curioso que la cámara, con sus luces y su distante parafernalia, no sea aquí un cachivache disuasorio ante el que sacar lo más superficial y frívolo de sí, sino que sirva para el encuentro, desnudo de todo artificio que lo dificulte. La cámara es, en esta ocasión, un imán, y, por eso mismo, no puede ser más atractivo lo que cuenta. Algo así como si es posible hacer una película sobre el Espíritu Santo, que acaba de entrar en tu casa por la puerta grande. Casi nada…

Isidro Catela