Este fin de semana he participado en las XII Jornadas Fernando Rielo de Pedagogía, en esta ocasión dedicadas a “La Pedagogía del amor: clave para la convivencia familiar y comunitaria“. Junto a ponentes de mucha altura, tuve la oportunidad de compartir la mañana del sábado una mesa redonda sobre “Una convivencia profunda en tiempos de superficialidades y prisas”. Antes, durante y después, en la mesa redonda y en la mesa compartida del almuerzo, salió la urgente necesidad de comunicar la familia, de hacerlo más y mejor, con testimonio creíble, como levadura que en la masa sabe bien cuál es su naturaleza y su misión. Como suele suceder en estos casos, uno va a intentar enseñar algo y sale aprendiendo el ciento por uno. Mi pequeño uno, en quince minutos de intervención, giró en torno a la búsqueda de antídotos para tres debilidades que, a mi juicio, nos llevan de cabeza en este tiempo de vértigo: la soledad (somos seres solitarios en permanente contacto, ¡vivan las redes sociales!), la falta de vínculos sólidos a los que asirse (somos una generación blandita, somos hijos de la modernidad líquida, que diría Bauman) y la desesperanza (fruto ineludible que las dos anteriores, porque buena parte de nuestros contemporáneos no conocen a Dios y, por lo tanto, no conocen que Él es la esperanza que nunca defrauda). Así que, como si fuera una de esas estrategias empresariales que identifica debilidades y trata de volverlas fortalezas, propuse tres pedagogías que vertebran la pedagogía del amor.
Ante la soledad que desemboca en una falsa y permanente compañía, la pedagogía del sábado, que contempla, que prepara el domingo, que busca enterrar el activismo y dejar impronta, huella de eternidad, en cada cosa que hacemos el sábado de Dios, porque para que lo santo pueda actuar sobre la historia y la naturaleza, es preciso que el hombre no solo trabaje, sufra, se multiplique y muera, sino también que refleje en medio de su existencia cotidiana el sábado de Dios, distanciándose, elevándose a la libertad desde la esfera en la que nada parece concederla.
Ante la liquidez, fragilidad y falta de referentes sólidos, la pedagogía de la promesa, que parte del reconocimiento y la reconciliación con los límites de cada uno. La promesa familiar, sacramental, matrimonial, es un “te quiero para siempre”, que se actualiza a diario, en medio de un océano agitado que nos hace remar mar adentro, contra viento y marea. Solo Dios conoce los entresijos de ese para siempre, pero ya de por sí es lenguaje performativo, que implica una acción, que incluye una promesa. No nos queremos solo para el 14 de febrero, por eso educar en la promesa, en tiempo de fragilidad, superficialidad, prisas y vínculos poco sólidos es uno de los mejores regalos que les podemos hacer a nuestros hijos.
Y, por último, ante la falta de horizonte y la desesperanza vital, la pedagogía de la esperanza. Profunda y radiante. Curalotodo. Nuestra felicidad está comprometida ya en todos y cada uno de los pasos que damos para lograrla. Nuestra esperanza cristiana no es un “ahora no, pero a ver luego sí”, sino un “ya sí, pero todavía más”. A ver si hay alguno que lo viva así y al que no le arda el corazón con tal intensidad que no pueda sino salir corriendo a contarlo por esos caminos de Dios.

Isidro Catela