¿Cuántas veces en el último año se ha sorprendido pensando en asuntos varios en medio de la homilía dominical? ¿Ha sido éste el mejor momento para repasar la lista de la compra?¿Es usted de los que da cabezadas los domingos por la mañana con el adormecedor sonido de fondo de la voz del sacerdote? ¿Le sorprende la llegada de El Credo sin haber escuchado nada de la predicación del Evangelio?

No hace falta que nadie levante la mano, ni que señalemos con el dedo. Para eso están las estadísticas y las nuestras son muy claras: para el 81 % de los fieles católicos que van a Misa, la homilía es el criterio de más peso a la hora de elegir una parroquia u otra. Incluso la predicación de un determinado sacerdote puede ser motivo para dejar de ir a Misa. Así acentuó la importancia del asunto, en 2008, el obispo de Quebec, durante el Sínodo de la Palabra: “Aunque la homilía no es la Misa, hay muchos fieles que dejan de ir a Misa por lo malas que son algunas homilías”. Pero que no cunda el pánico. Bien pensado, estamos ante una gran oportunidad, ya que una homilía bien estructurada y ejecutada, también puede ser el motivo para que una persona regrese a la Iglesia después de muchos años de ausencia.

La importancia de la homilía

Según la encuesta elaborada recientemente por la propia Fundación, un 38,3% de los fieles que van a Misa al menos una vez a la semana, eligen “su parroquia de siempre” por costumbre a la hora de ir a Misa; y un 38,4% de los feligreses valoran con mayor importancia “el estilo de las homilías”.

Para el 83,3% de los encuestados, la última homilía escuchada fue “fiel al magisterio”, frente al 3,6% que confesó que esta última homilía fue “contraria a la doctrina”. Obviamente, ya es más que un punto a favor de una buena homilía el hecho de que sea doctrinalmente irreprochable. Sin embargo, tan solo un 45,4% la consideró “práctica”. Menos de la mitad. Ambos criterios nos revelan que existe un tremendo problema de comunicación a la hora de predicar en las homilías: el mensaje, siendo correcto, parece ser inútil en la mayoría de los casos.

Estos términos dan pistas de por dónde van los tiros en uno de los asuntos más importantes de cualquier institución que pretende vivir de cara al público, abierta a la sociedad: la comunicación. Posiblemente, la más interesadas en conectar con todas las personas posibles, sea la Iglesia. Sin embargo, es una percepción mayoritaria que la comunicación es una asignatura pendiente de la Iglesia. Los fieles opinan así: “Los sacerdotes viven la homilía como una obligación que forma parte de la Misa”, más que como el centro de la misión evangelizadora de la Iglesia.

Muchos profesionales de este área ven un enorme margen de mejora en la Comunicación presencial de la Iglesia, empezando por la predicación de los sacerdotes en la homilía dominical, cuando más llenos están los templos, y disponiendo de una audiencia sentada ante ellos durante minutos y sin derecho a réplica. “El sueño de cualquier político o comercial del mundo”, apuntan los gurús de la comunicación.

En medio de una necesidad obvia en la mejora de la comunicación en la Iglesia, han surgido en el mundo diferentes iniciativas, casi siempre emprendidas por laicos dedicados a la comunicación y a la enseñanza, o con profesiones en las que hablar en público es un valor trabajado y pulido.

Existe, por ejemplo, en Estados Unidos, el portal llamado ePriests ( www.epriests.com ), que ofrece unos curiosos —y muy prácticos— “Packs de la homilía”, unos paquetes de ayuda al sacerdote que le proporcionan una lección, una ilustración, y diferentes sugerencias sobre aplicaciones prácticas de las tres lecturas de un domingo, para la vida de los fieles.

Ryan Foley, director ejecutivo de esta organización no lucrativa con sede en Georgia, asegura que no son sermones enlatados. “Con cada pack de la homilía, les damos un consejo para la predicación de la semana, por lo que, poco a poco, se convierten en mejores predicadores” explica. “La idea es que después de obtenerlo, el sacerdote lo adapte un poco, lo personalice, para hacerlo más agradable”.

Cuando el sitio web fue lanzado en 2006, algunos sacerdotes recelaban de que los feligreses descubrieran que las homilías que escuchaban no eran del todo originales. Sin embargo, una década más tarde, y con más de 13.000 usuarios activos, Foley asegura que esas preocupaciones se han evaporado en gran medida. Se han dado cuenta, además, de que una buena homilía hace desentenderse del reloj al feligrés que está sentado en un banco de la iglesia: “A la gente no le importa lo más mínimo el tiempo que dure si es una gran homilía”, afirma Foley.

La iniciativa de la Fundación Carmen de Noriega

El citado es tan solo un ejemplo de numerosas y originales ideas que han surgido en Estados Unidos para ayudar a los sacerdotes a predicar mejor. Y si lo han emprendido ellos, los “inventores” del marketing, de los late night, y de las campañas de opinión… posiblemente no hayan estado muy desacertados.

En España se está dando a conocer la labor que desempeña la Fundación Carmen de Noriega, una iniciativa al servicio de la Iglesia para, de forma sencilla y efectiva, ayudar a los seminaristas y sacerdotes a comunicar mejor.

Lo cierto es que, a primera vista, podríamos decir que la Iglesia dispone de los mejores mimbres para lograr que su mensaje sea conocido en todo el mundo. Conocido y acogido, no ignorado, ni despreciado. Tratemos de ser objetivos y poner un poco de distancia:  Solo la proclamación de la encarnación de Dios, de la existencia de un Dios que por amor al hombre, se hace hombre como Él, ya contiene fuerza y cercanía suficientes para captar la atención de muchos. Si, además, ese hombre-Dios, entrega su vida para garantizarnos a los demás la vida eterna, proclamando que la muerte no es el final, y toda su propuesta la confirma en vida con asombroso milagros y obras de misericordia, todos ellos documentados, la campaña está prácticamente hecha. O como explica la directora de la Fundación, María Lacalle, “tenemos a Cristo, y hay que lograr que todos le conozcan. Tenemos el mejor mensaje, y hay que hacerlo llegar. Es preciso que se escuche la voz de la Iglesia, que proclame la verdad revelada arrojando luz sobre todo lo que afecta al ser humano, y que lo haga de una manera persuasiva y eficaz”.

Mundo nuevo para la Iglesia

Habiendo sido la Iglesia pionera de la Historia en numerosas aventuras revolucionarias para el progreso social del ser humano —conquista de derechos humanos, constitución de universidades, transmisión de la cultura, investigación variada y múltiple, obras de caridad en escenarios muy hostiles…—, ¿qué ha pasado en los últimos cien años con la comunicación? Ya lo denunció Benedicto XVI. Fue en su Mensaje para la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones. Allí, el hoy Papa Emérito reconoció que uno de los grandes problemas de la transmisión de la fe está en la cultura de la comunicación, que es algo “muy nuevo para la Iglesia”, pero que hoy día influye decisivamente en todo. Esa puede ser una de las claves. Que en algo tan nuevo y que ha evolucionado tan rápido como son las comunicaciones sociales, la Iglesia no ha sabido o no ha podido estar. María Lacalle subraya además que “una buena comunicación precisa del conocimiento de los canales, técnicas y estrategias de comunicación, de modo que la presencia de la Iglesia en la arena pública refleje sin distorsiones su misión y sus valores. Desde la Fundación Carmen de Noriega queremos ayudar a la Iglesia, humildemente y en la medida de nuestras posibilidades, a superar esta asignatura pendiente”.

Herramientas

Las herramientas que ofrece la Fundación están entroncadas todas ellas en un programa de cursos diferentes, en los tres ámbitos de la comunicación: la comunicación interpersonal, con grupos y la comunicación institucional.

Respecto a la Comunicación interpersonal, la Fundación ayuda a los sacerdotes a mejorar y cuidar todos los detalles que se pueden dar en diferentes ámbitos, sin previo aviso, de sorpresa. Bien saben los párrocos cómo, en ocasiones, una consulta cualquiera en el despacho parroquial puede poner a prueba su capacidad comunicativa. No digamos algo mal explicado en el confesionario, donde a los sacerdotes les disparan a bocajarro y sin cita previa. Y siempre, en cualquier lugar del ámbito parroquial, del colegio, del hospital… el sacerdote es, de forma podríamos decir que per se, un portavoz permanente de la Iglesia, a quien se acude no para saber su opinión o su postura sobre ésto o aquéllo, sino la enseñanza de la Iglesia y su doctrina. Por ello, “la Fundación da pautas y pistas, con ejercicios prácticos, para que los sacerdotes y seminaristas logren que la comunicación sea fluida y el modo de expresarse no ponga obstáculos a la transmisión del mensaje; prestamos atención al desarrollo de virtudes sociales como saber saludar, mirar a las personas, acoger con afecto, dejar hablar sin interrumpir…”.

El segundo campo de mejora es la comunicación en auditorios. Aquí entra de lleno un escenario tan importante como el de la homilía. María Lacalle  explica que “la capacidad de transmitir, de conectar con las personas, es decisiva.  Por eso hoy, más que nunca, necesitan una sólida preparación que debe incluir el arte de la oratoria. Muchos piensan que la oratoria es verborrea sin sustancia, charlatanería vacía. No es así. La oratoria, al decir de Sócrates, es el arte de persuadir con la verdad. Y nosotros queremos ayudar a los sacerdotes a que sean capaces de persuadir a sus oyentes con la verdad de Cristo”.

En tercer lugar, los cursos de la Fundación Carmen de Noriega van dirigidos a mejorar la comunicación institucional. Una diócesis, un movimiento, la propia Conferencia Episcopal de un país, debe estar preparada para responder a preguntas como cualquier otra institución, pública, privada, o del ámbito que fuera, por el simple hecho de que el hombre de hoy demanda transparencia y respuestas. La opacidad, hoy en día, genera desconfianza, y nada más lejos de la propia misión de la Iglesia. Por eso, para la Fundación, “la buena organización y la eficaz gestión de estructura comunicativa de cualquier institución, son claves para gozar de la reputación necesaria que le permita cumplir su misión en la sociedad, y la Iglesia no es ajena a esta realidad, la Iglesia no puede prescindir de una comunicación institucional de calidad profesional y adecuada a su naturaleza, para dar a conocer con eficacia el mensaje salvador de Cristo y su propia identidad”. Siendo conscientes de ello, y con una experiencia de diez años, la Fundación organiza distintos cursos para formar a quienes se ocupan de la comunicación institucional en la Iglesia: obispos, delegados diocesanos de medios de comunicación, directores de comunicación de instituciones (órdenes y congregaciones, movimientos, asociaciones, etc.) y de entidades de inspiración cristiana en el ámbito educativo, sanitario, asistencial y cultural.

Experiencia

Han pasado ya casi diez años desde que la Fundación Carmen de Noriega impartieran su primer curso. Desde entonces, algunos de los beneficiarios de su trabajo han sido la propia Conferencia Episcopal Española, y a su vez, diócesis concretas o seminarios como el de Sevilla, el de Palma de Mallorca, el de Oviedo y el de Madrid, por nombrar algunos. Seminaristas, sacerdotes y obispos han sido alumnos, y también catequistas y profesores de religión, así como delegados de medios de las diócesis y congregaciones religiosas. Incluso el pasado mes de diciembre, se dio un curso a quince obispos europeos, interesados en trasladar esta experiencia a sus diócesis de origen.

Al mismo tiempo, la Fundación ofrece asesoramiento personalizado a delegaciones de medios para la elaboración de un plan de comunicación, resolución de problemas puntuales o gestión de crisis, y trata de ayudar allí donde fuera a la hora de detectar oportunidades, debilidades y fortalezas en todo lo relacionado con la comunicación.

A comunicar bien, se aprende

Para María Lacalle, “es innegable que hay quien nace con una gran capacidad de comunicación”, pero ni si quiera estos lo tiene todo hecho: “La buena comunicación no es cuestión simplemente de simpatía y dinamismo: se trata de comunicar la verdad, y esto requiere mucho más que unas cuantas cualidades comunicativas. También requiere preparación, y en esto insistimos mucho en la Fundación: preparación remota, próxima e inmediata”. Y otro componente, imprescindible no solo en su opinión, sino en su propia experiencia: “Una buena comunicación requiere de la oración”.

La buena noticia de todo esto es que también se puede aprender a comunicar bien, sobre todo con el ejercicio y la corrección. Esto es importante: igual que a nadar se aprende nadando, a comunicar se aprende comunicando.  Y es importante recibir feed-back para poder mejorar. “En nuestros cursos tratamos de ayudar a los participantes a identificar sus puntos débiles y sus fortalezas – y todos tenemos fortalezas en la comunicación– con el fin de superar aquéllos y reforzar éstas. Los resultados son buenos, muy buenos. Eso es lo que nos dicen…”.

Las claves del buen comunicador

Para la directora de la Fundación, y aunque pueda parecer extraño, la extroversión no sería la principal baza del buen comunicador. “Yo diría la sencillez y la naturalidad. Memoria, imaginación y sensibilidad vivas.  Una dicción clara, rítmica. Unos gestos armoniosos y una mirada limpia y acogedora. Una buena preparación y una profunda vida de oración. Como ves, la timidez no es un problema”.

El arte de la comunicación, que traducido a un lenguaje coloquial podría leerse como el arte de que no se distraigan los fieles en la homilía dominical, “no es innato ni se aprende de un día para otro. Requiere práctica, consejos personalizados, tiempo y esfuerzo.” Lo dice María Lacalle, directora de la Fundación Carmen de Noriega, además de doctora, madre, profesora y… oyente en muchas homilías.